martes, 9 de octubre de 2018




Breve historia de la metáfora del campo psicoanalítico[1]


Santiago Barrios Vásquez[2]

En el principio Sigmund Freud utiliza la metáfora del campo. En 1917, en la Lección Introductoria número treinta y tres titulada “La Terapia Analítica”, puede leerse que la transferencia es un campo de batalla (p. 454).
La relación analítica trabaja en pro de superar la represión en la transferencia: la líbido converge en el analista en lugar de los síntomas, quedando a disposición del yo para volverse eficiente en el mundo, esta es la enfermedad transferencial. Hay una tendencia en el paciente a funcionar como lo hizo en otras épocas, pero también a representar nuevas versiones del conflicto. Sin embargo, no es una reproducción exacta de la historia, pues la transferencia adquiere formas que dependen de la relación con el analista al reclutar las fuerzas mentales del analizando para llevarlo al cambio. Este es el uso psicoanalítico de la sugestión.
Otros enfoques, en cambio, se concentran en el síntoma. Este es el caso de la hipnosis, la evangelización, la autosuperación y el conductismo. Perspectivas que plantean una pugna por lo general estéril entre la autoridad y el síntoma. Ya en la época de Freud se buscaban tratamientos rápidos, sencillos y fáciles, además existía la costumbre tan difundida de desatender los sentimientos, de tomarlos como vanos, de considerarlos aspectos que deberían disciplinarse mediante consejos, sentido común y fuerza de voluntad. Abordaje cándido que prohíbe el síntoma y exalta la resistencia.
Freud interpreta la transferencia. Traduce los símbolos y fantasías que la componen, para que no se vuelva negativa, es decir, para que no atente, eventualmente, contra el proceso analítico. Consejo razonable, aun cuando riesgoso, por ejemplo, al tomar la decisión de terminar el análisis, lo cual, en teoría, debería suceder cuando ya no quedan dudas. De modo que el análisis perdura mientras haya transferencia. Se acaba al resolver la resistencia, pues el paciente se ha transformado. Recuerda, ha descubierto la causa de la represión.
Por otro lado, al leer esta Lección con ojos de analista que confía en la intersubjetividad, pienso que estas eran palabras de una analista principiante y optimista, de treinta y siete años de edad. Y tenía razón en el sentido de que el análisis termina cuando deja de ser fértil, lo cual no implica que el inconsciente se agote. Entonces el psicoanálisis siempre se interrumpe, nunca se termina. Hay, por así decirlo, un armisticio momentáneo en el campo de batalla transferencial.
Freud, consciente de que la neutralidad y la abstinencia son ideales teóricos inalcanzables, considera un error técnico inevitable alejarse de la técnica estándar. El analista siempre está en riesgo de influir en el paciente, lo afecta y hasta llega adoctrinarlo sin que estas intervenciones amplíen su conocimiento acerca de sí mismo ni de su enfermedad, tampoco resuelven conflictos ni resistencias. Pero también pueden enmendarse estas situaciones. Idea que deja entrever la presencia continua de la contratransferencia, aun cuando nunca dejó de considerarla un síntoma neurótico del analista que debe analizarse.
En el caso del Hombre de los Lobos (1918 [1914], pgs. 19-20), por ejemplo, Freud comenta que no hay peligro en comunicar las construcciones, así estén equivocadas, solo que no debe hacerse de manera habitual ni caprichosa, podrían revelarse cuando haya alguna posibilidad de acercarse a la verdad del paciente. Barrunta que la subjetividad del analista es insoslayable. Y hace esta reflexión alrededor de un recuerdo encubridor que protege al paciente de una evocación que atenta contra su propia valía. En él, se comporta activo en lugar de pasivo durante las exploraciones sexuales con su hermana, razón por la cual lo castigan y avergüenzan mientras la institutriz queda vinculada al recuerdo, entonces su ira se dirige a la madre, la abuela y por supuesto a la empleada. Anotaciones que se dan en el contexto de la evolución de su teoría del trauma y de sus dilemas entre la verdad histórica y la material, entre la realidad externa y la interna. En todo caso, Freud considera normales estos avatares del tratamiento psicoanalítico, y los resuelve con la técnica estándar.
Por otro lado, desde el punto de vista de la teoría libidinal, señala que el neurótico es incapaz de gozar y ser eficiente puesto que la líbido no se dirige al objeto, está invertida en represión y síntomas. Entonces la solución es ponerla a disposición del yo. Es necesario rastrearla hasta su raíz, el conflicto inicial, solo que esta vez en la situación analítica con recursos que antes no estuvieron a disposición del paciente, dándole un nuevo desenlace y significado. Aspecto que luego, con los desarrollos teóricos el modelo objetal, el uso técnico de la contratransferencia y el campo analítico intersubjetivo, se transformó en el problema de ensanchar la capacidad para pensar, así como el de la figurabilidad de elementos pre-simbólicos y no simbolizados que hacen del enactment el camino hacia la simbolización, temas centrales en el psicoanálisis de hoy.
Sucede que el análisis siempre ha buscado conocimiento. Durante el proceso se construyen nuevos significados y se deconstruyen los ya existentes. Es una búsqueda inacabable de verdades personales. La interpretación hace consciente lo inconsciente. El trabajo analítico no es solo traducir un lenguaje arcaico en pensamiento, incluye la líbido y el objeto catectizado en la actualidad. Así que entre más cerca esté el analista de la transferencia, mejor irá el tratamiento, aun cuando también esta meta tiene límite por la tenacidad de la líbido y la rigidez del narcisismo. El paciente aprende sobre sí mismo, mientras el yo crece a expensas del inconsciente. Los sueños, las parapraxias y la asociación libre giran en torno a la líbido matizada por la represión mientras se gratifica con el objeto. De modo que también en estas páginas de Freud puede encontrarse la raíz del modelo objetal, de la tensión dialéctica entre narcisismo y socialismo, ideas que Wilfred Bion desarrolló tanto.
En la Lección Introductoria anterior, la número treinta y dos, también de 1917, titulada “Transferencia”, Freud se refiere a que levantar la represión hace consciente lo inconsciente de modo que el síntoma pierde sentido, y en su lugar se recuerda. Es la resistencia y lo resistido, y al elaborarla, se transforma la mentalidad del paciente porque la resistencia es la represión. Y advierte que lo que el analista conoce acerca del paciente no es lo mismo que él sabe sobre sí mismo, entonces comunicárselo plenamente no modifica el inconsciente, aporta información consciente que se adiciona a la que ya tiene. La interpretación, en cambio, opera topográficamente: rastrea el recuerdo hasta la represión que lo volvió inconsciente.
El psicoanálisis es un tratamiento dirigido a la causa, no al síntoma. El analista descubre y comunica, mientras se da la lucha en el campo de batalla transferencial por superar la resistencia. Todo esto en pos de que el individuo sea cada vez más dueño de sí mismo, más coherente, más libre. Años más tarde, en 1966 para ser exactos, Bion llamó at-one-ment al proceso de apropiarse de sí mismo. Lo que gana el individuo, lo pierde la colectividad. El asunto está en que el mismo mecanismo mental que le permite a la persona estar bien consigo misma también opera para estar bien con los demás.
Y de regreso a la transferencia hostil o negativa, porque atenta contra el proceso, Freud toca el asunto de su forma erótica. Plantea el caso del paciente que seduce al analista mediante elogios y colaboración, hasta la familia confirma su buena disposición. Pero, de repente se aleja, se siente futilidad en la sesión. Es sincero el cariño que profesa por el analista, pero la manera de expresarlo y su finalidad depende de la relación. Reflexiones freudianas que anteceden a la idea intersubjetiva de que la transferencia y la contratransferencia son causa y efecto la una de la otra, el dúo analítico construye un campo simbólico (Barrios, 2016). La transferencia de afectos del paciente está ahí desde el principio, mientras que el analista debería ser un observador neutral. Ese cariño va a favor del tratamiento, pero puede ser una resistencia si en el fondo es agresivo: el desafío implica sumisión tanto como la obediencia supone tiranía. Lo erótico y lo agresivo son inseparables, hacen parte de la ambivalencia de las relaciones humanas.
Tema que Freud ya venía elaborando al menos desde 1914 en “Recordar, Repetir y Elaborar“. Artículo que contiene tres cosas notables: su interés técnico, desarrolla el concepto “compulsión a la repetición” y además en él aparece la noción de elaboración, working-through en inglés.
A finales del siglo XVIII, en la etapa inicial compartida con Breuer, el psicoanálisis se trataba de recordar al hacer abreacción. Luego, con el descubrimiento de la asociación libre, busca lo que no se recuerda y superar la resistencia mediante la interpretación. Hasta que, en un tercer momento, el analista deja su interés por la historia material, la realidad externa, para entregarse a la interna. Se ocupa de los contenidos actuales del paciente, así ubica la resistencia, la transferencia. Entonces, descriptivamente, llena los vacíos de la memoria a la vez que, dinámicamente, descubre las resistencias por la represión.
De modo que los avatares del olvido, el recuerdo encubridor y la memoria presente en el pensamiento onírico -dream-thought- forman parte del trabajo mental del paciente en pos de construir una nueva narrativa de sí mismo, a partir de nuevos significados y de maneras distintas de ver los existentes. Es interesante que lo pre-simbólico y lo no simbolizado sigue siendo crucial para el psicoanálisis actual, lo que cambia es la explicación. Al rastrear la cadena asociativa, los sueños, el proceder y la estructura de la neurosis, se accede a lo pre-simbólico y lo no simbolizado. 
El paciente actúa y recuerda. En 1905 en el caso Dora (p. 119) Freud había denominado este fenómeno con el vocablo alemán ‘aguiren’. James Strachey luego lo tradujo como ‘acting-out’, y al español llega como ‘actuación’ aun cuando también se emplea en su forma inglesa. Idea que luego desarrolla todavía más en “Lo Siniestro” (1919, p. 238) y en “En Más Allá del Principio de Placer” (1920, p. 18). Freud explora la conexión entre la compulsión a la repetición, la transferencia y la resistencia, que es una manera recordar. Pero, a mayor resistencia será más el acting-out y la repetición en lugar de recordar. El conflicto está a la vez en el pasado y el presente, así se explican los momentos de deterioro durante el análisis. El paciente repite y recuerda bajo la égida de la resistencia.
El psicoanalista se prepara para la batalla continua de mantener el impulso del paciente en la esfera mental sin que llegue a la motora. Busca que recuerde en lugar de actuar. Y esto se logra con la interpretación transferencial. Ablanda la compulsión a la repetición al transformarla en recuerdo. La idea es pensar lo que más se pueda, en lugar de actuar, pero en la práctica se piensa y se actúa. La compulsión a la repetición se vuelve inofensiva y útil al darle un campo definido en la transferencia para desarrollarse. Entonces se sustituye la neurosis nosocomial por la neurosis transferencial. Se crea un espacio intermedio entre la enfermedad y la vida real. El primer paso es identificar la resistencia, luego el paciente necesita tiempo para familiarizarse con ella al elaborarla.
Y de regreso a la lección número treinta y dos de 1917, la resistencia y lo resistido, sea afectuosa u hostil, es la mayor amenaza al tratamiento pero también la herramienta psicoanalítica fundamental. La enfermedad tiene vida, crece, se desarrolla, esto hace posible que con el tratamiento psicoanalítico la transferencia se concentre en el analista y la persona sea más eficiente en el mundo exterior. Donald Meltzer llamó gathering of transference a la etapa inicial del proceso analítico mientras se alcanza este estado de cosas. El interés del analista está en la actualidad, en la versión presente de la enfermedad, entonces el pasado remoto ocupa un segundo plano, forma parte de las asociaciones, es una manera de expresarse.
El analista, como objeto, es el centro de esta nueva versión de la enfermedad, que ha visto evolucionar, la rastrea, entonces el síntoma deja su significado anterior al volcarse en la transferencia, modificándose para siempre. El proceso analítico es una experiencia, no un ejercicio intelectual, lo que lleva al cambio es la relación con el analista. Y, como consecuencia de todo esto, solo puede analizarse a quién tenga capacidad de catexias libidinales, la neurosis narcisística es incapaz de hacer transferencia, es refractaria al análisis.
Pero también es interesante considerar que Freud indica a la persona que no tome desiciones fundamentales durante el tratamiento. Es paradójico, se requiere neutralidad y abstinencia, a la vez que el juicio de valor del analista está presente, lo cual se considera por la técnica estándar improcedente, desaconsejable y absurdo. Decisiones trascendentales, como casarse, divorciarse y comprar casa, deben aplazarse para el final el análisis. Advierte que en jóvenes, desamparados o inestables es dable alejarse de la neutralidad y la abstinencia para ser doctor y docente, sin olvidar que esta actitud implica responsabilidades. Hay que ser cautos. El analista es más observador que reformador. Es un crítico al margen de la convención social sobrevalorada y  deshonesta. Así que al compartir nuestra opinión con el paciente, al final, escoge por sí mismo su propia posición respecto de las cosa a mitad de camino entre el ascetismo y la gratificación. El conocedor de sus propias verdades no es inmoral. La abstinencia también se ha exagerado como causa de la neurosis.
Ya desde 1917 se vislumbra en Freud el modelo objetal, el uso técnico de la contratransferencia y la intersubjetividad, junto con el enactment. Y lo narra como si nada. No lo preocupa la contractuación, la considera una parte natural del proceso, algo espontáneo, impredecible y necesario. Es por eso que se dice que el psicoanálisis siempre ha sido objetal e intersubjetivo, lo que ha cambiado es el enfoque, el cómo se conceptualizan los fenómenos, y cómo se afrontan. Verbigracia, no ve en estas publicaciones la transferencia erótica homosexual. Por último, esta perspectiva freudiana tiene un sabor a táctica para prevalecer en el campo de batalla transferencial con la estrategia de que la persona se libere de la neurosis.
Luego, casi dos décadas después, Freud (1933 [1932]) retoma el asunto del tratamiento psicoanalítico en las “Nuevas Lecciones Introductorias”, particularmente en el acápite llamado “Explicaciones, aplicaciones y orientaciones”. Un texto de un analista más recorrido. Con la experiencia redacta un escrito menos vehemente, preocupado por las aplicaciones del análisis en otras disciplinas. Toca sus indicaciones y limitaciones y contraindicaciones, insiste en que la psicosis es inanalizable, afirma que la única posibilidad profiláctica es el análisis de niños.
Adicionalmente por esta época ya Max Eitington había publicado un trabajo estadístico acerca de la eficacia del tratamiento psicoanalítico con un muestreo tomado en el Instituto Psicoanalítico de Berlín. Freud desaconseja esta clase de trabajos. Le parece que esta clase de investigación es inútil para el psicoanálisis. Y este enfoque sigue dominando la actualidad psicoanalítica. Somos pocos los que pensamos que los métodos de las ciencias naturales también son útiles para el psicoanálisis, todo depende de la pregunta de investigación (Barrios, 2007).
Pero también mantiene su planteamiento técnico de las “Lecciones Introductorias” de 1917: la transferencia es el campo de batalla a donde el analista interpreta la resistencia. Y aparece la ganancia secundaria de la enfermedad, de modo que el paciente es ambivalente en relación con su propia mejoría.
En esta misma etapa, además, Freud reflexiona acerca del largo plazo en “Análisis Terminable e Interminable” de 1937, su penúltima publicación psicoanalítica, “Construcciones en Análisis” es la última. Sopesa la durabilidad de la cura analítica. Alude a cómo cambia su propia subjetividad después de la guerra y del paso de los años. Comenta los vestigios transferenciales del análisis didáctico. Podríamos decir reflexiona acerca de la construcción de su propia identidad analítica, junto con sus desarrollos teóricos y los cambios en la meta terapéutica del análisis. La subjetividad del analista cuenta en su comprensión. Y todavía en este momento tardío de su vida se siente su enfoque médico: quiere establecer los límites y alcances del tratamiento analítico. Ahora le interesa la vejez: las transformaciones del cuerpo y la mente. El escrito tiene un tono sombrío sin la beligerancia ni lo categórico de otras épocas. Lo preocupa la variabilidad de los resultados de la cura analítica, después de todo la teoría y la práctica no coinciden siempre. También incluye la admonición de que no hay que desfallecer, el análisis vive en crisis quizá porque la vida es una crisis.
Se pregunta si la represión se conforma en la infancia temprana cómo se explica que se manifiesta en la vejez. Medita acerca de cómo puede ser el psicoanálisis profiláctico si trata el conflicto actual, entonces cómo podría prevenir los venideros, que si está inactivo en el momento es refractario al análisis. Hoy se piensa que una manera de hacerlo accesible al análisis es a través de la interpretación del enactment. Por otro lado, el psicoanálisis se conduce en frustración para que los conflictos afloren en la transferencia, punto que había discutido con amplitud en el “Amor de Transferencia” de 1915. El análisis funciona mejor en situaciones en que el pasado afecta la actual, no en la crisis presente, porque consume la energía del yo y hace más difícil el tratamiento. Pero también llega a la conclusión de que el paciente y el analista son incapaces de expresar todo conflicto transferencial. Siempre queda algo por fuera. El paciente no logra expresarlo todo ni el analista lo capta todo. Además, plantea otras inquietudes: cómo puede abreviarse el psicoanálisis y si es posible una cura definitiva.
Freud es un investigador riguroso que está consciente de las limitaciones de su modelo. Pero también anota que hay componentes psicóticos entre los neuróticos, idea que luego retoma Bion. Considera apenas inicial el conocimiento acerca de los mecanismos de defensa, luego vinieron los desarrollos de Anna Freud y Melanie Klein, los toma como resistencias. La represión se asemeja a los escribanos que censuraban lo libros en la Edad Media, transformando los pasajes de manera inconspicua. Opera según el principio de placer. Sustituye la realidad externa por la interna causando la neurosis. 
Freud explora la conexión entre la represión y el tratamiento psicoanalítico: el paciente repite transferencialmente durante el análisis, así conoce y trabaja sobre su mente. Este es el aporte del paciente a la situación analítica, el del analista es descubrir la verdad agazapada en el inconsciente. El efecto terapéutico surge de hacer consciente lo inconsciente a través de interpretaciones y construcciones. Oscila entre el análisis del yo y el del ello. Toda alteración del yo tiene raíces en la infancia más temprana, así mismo se refiere a esa cosa ambigua de la condición humana. Alude a la bisexualidad al igual que a la envidia del pene y la lucha masculina contra la pasividad y la actitud ante el complejo de castración. Lo que luego se conoció como la protesta masculina de Alfred Adler, y el repudio femenino de la feminidad.
Toca la dialéctica entre las pulsiones erótica y de muerte. Empédocles fue la base de Freud para su idea de la pugna perpetua entre eros y tánatos. Tema controversial desde el principio. Mi concepción personal sobre de este asunto es que, tal como sucede en cualquier otro campo del saber, las palabras son metáforas que los autores emplean para narrar sus observaciones acerca de la extraña manera en que se entrecruzan los acontecimientos en el mundo. De manera que la pulsión de muerte es una construcción teórica indispensable para que ciertos modelos sean coherente, e innecesaria para otros. Para Melanie Klein esta noción es infaltable, mientras que para Ignacio Matté Blanco resulta superflua, por ejemplo. De todas maneras, se requiere la técnica estándar para que haya proceso analítico, indistintamente del modelo teórico del analista. 
En la sección número seis de “Análisis Terminable e Interminable” Freud se refiere a que Sandor Ferenczi publicó en 1927 acerca de la terminación del análisis. Propone que llega el final cuando la persona es capaz de ver al analista como su igual, en otras palabras, al resolver transferencialmente el complejo de Edipo. Freud no estaba muy convencido de eso. Además Ferenczi relaciona el éxito terapéutico con la capacidad del analista de aprender de sus propios errores y conocer su propia vulnerabilidad. Hay necesidad de considerar las resistencias del paciente tanto como la individualidad del analista. El psicoanálisis se dedica a construir con el paciente las mejores condiciones posibles para el yo. Para Freud el analista debe sentirse satisfecho con haberle dado al paciente la oportunidad de aprender a examinar y modificar su actitud frente a sus propios conflictos.
Se considera a Ferenczi el padre del enfoque intersubjetivo (Bohleber, 2013). Claro que también es tristemente célebre porque pasó a la historia psicoanalítica como el ejemplo de lo que no debe hacerse, pues sus ensayos lo llevaron a alejarse de la técnica estándar hasta el punto de que la relación analítica se desvirtuó por completo. Era un pionero. En última instancia Ferenczi nos enseña que el analista debe ser libre para compartir la experiencia clínica con el paciente, pero también que la técnica estándar es indispensable para que haya proceso, después de todo, comprometerse a analizar a alguien es mucho, supone infinitas posibilidades contratransferenciales.
Por último, desde el punto de vista de esta breve historia de la metáfora del campo psicoanalítico, es interesante considerar estas ideas precursoras de la noción del aprendizaje a partir de la experiencia y de la meta terapéutica de ensanchar la capacidad para pensar de Bion, así como del uso técnico de la contratransferencia y de la intersubjetividad. La metáfora freudiana del campo de batalla de la transferencia se refiere a que es el acceso a la mente del paciente, lo resistido. Pero también es la resistencia, un recurso mental polimorfo y móvil que se opone al conocimiento de sí mismo, y por supuesto al psicoanalítico. Enfoque que lleva al analista a salir de la complacencia, a estar atento a los avatares transferenciales, porque muta y es imposible llegar a conocerla en su totalidad. Una metáfora tan poderosa, por su capacidad explicativa, que desde entonces se llama psicoanalista a todo aquel que trabaja en las vicisitudes del campo de batalla transferencial mediante la técnica psicoanalítica estándar.

Treinta y cinco años más tarde, en 1952, Melanie Klein vuelve a utilizar la metáfora del campo. En “Acerca de los Orígenes de la Transferencia” afirma que es un campo de investigación (p. 56). Abarca la actualidad de la situación clínica hasta las experiencias más tempranas del paciente. La raíz de la transferencia está en las situaciones, mecanismos de defensa y emociones tempranas de donde emergen las relaciones objetales junto con sus desarrollos emocionales e intelectuales. El acceso a experiencias pasadas se da en el presente. Y el psicoanálisis es un trabajo laborioso en el campo de investigación transferencial que conecta pasado y presente en la mente del paciente. Integración que abarca toda la mentalidad de la persona. Al disminuir la ansiedad y la culpa se sintetiza, se liga el amor y el odio. Pero también disminuye la necesidad de mecanismos de defensa, como la represión y el splitting -término que suele traducirse como ‘escisión’, pero en estas páginas conservaré la expresión inglesa universal- entre objetos idealizados y persecutorios y la represión, fortaleciendo el yo, dándole coherencia, pues los objetos pierden su carácter mágico. La personalidad se enriquece.
En el campo de investigación kleiniano se observan las diferencias y semejanzas entre la transferencia y las relaciones objetales tempranas. Diferencias que miden el efecto curativo del psicoanálisis. Uno de los factores que alimenta la compulsión a la repetición es la presión de las ansiedades tempranas. Que cuando disminuye la ansiedad persecutoria y la culpa, cede la urgencia de repetir experiencias fundamentales, entonces los patrones tempranos se hacen flexibles. Esto se logra mediante el análisis transferencial. Una revisión profundísima de las relaciones objetales tempranas que se expresan en el presente del paciente al igual que en los cambios en las actitudes del analista. Klein también barrunta la contransferencia pero, al igual que Freud, la considera un síntoma neurótico del analista y una indicación de análisis personal. Y, por supuesto, ella también entrevé el enfoque intersubjetivo.
La transferencia es universal, pero solo se ocupa de la situación analítica y la técnica estándar que la hace florecer para ahondar el proceso. La primera forma de ansiedad es persecutoria: es la pulsión de muerte volcada contra sí mismo, con miedo por la aniquilación. El impulso destructivo contra el objeto suscita miedo a la retaliación. Adicionalmente, se intensifica con la frustración, es moralmente mala, hostil. La gratificación, en cambio, es moralmente buena. Es infantil este enfoque hedonista y maniqueo. Pero funciona en virtud de los mecanismos de defensa dominantes en la posición esquizoparanoide, a saber: splitting, idealización, negación, omnipotencia, manía y giran alrededor de la proyección e introyección del seno.
En lo bueno y lo malo en las relaciones interior exterior aparece el padre, de modo que el complejo de Edipo kleiniano es temprano, sucede en el primer año de vida. Y se da en la realidad y la fantasía, con idealización y persecución. Pero también progresa la capacidad del yo de integrar el objeto bueno y el malo y de hacer síntesis. Logra la posición depresiva elaborando el complejo de Edipo, y viceversa. Al elaborar la culpa persecutoria y la urgencia de proyectar el objeto malo se introyecta el bueno y es posible vincular deseo, amor y culpa.
Entonces el bebé repara el objeto. Simboliza. Transforma y desplaza el odio y la ansiedad, encuentra representantes de las figuras internas en el mundo exterior. Busca nuevos objetos y es capaz de trasladar impulsos hacia ellos, del seno al pene, de lo oral a lo genital. Libido que favorece la integración del yo, el desarrollo de habilidades físicas y mentales, así logra adaptarse al mundo. Pero también, mediante la formación de símbolos, transfiere interés, emociones, fantasías, ansiedades y culpa de un objeto al otro.
Las relaciones objetales existen desde el nacimiento, son el centro de la vida emocional. Contrario al planteamiento freudiano a donde lo autoerótico y lo narcisista son opuestos a lo objetal, una adquisición posterior. En Klein se dan con el seno en todo su esplendor: con amor, odio, ansiedad, fantasía y mecanismos de defensa. Este es el prototipo de todas las relaciones objetales venideras. Además, Freud utiliza el sustantivo ‘objeto’ para referirse a la meta de la pulsión, mientras que para Klein también abarca emoción, fantasía y defensas asociadas. La identificación resulta de la introyección. Y es la introyección del seno de donde también proviene el superyó. El autoerotismo y el narcicismo están presentes en las primeras relaciones objetales, no se oponen a ellas, incluyen el amor y la relación con el objeto bueno, que en la fantasía forman partes amadas del cuerpo y el self. De modo que el narcisismo y el autoerotismo también son relaciones objetales, y a estos objetos se da el retiro de la gratificación autoerótica narcisista. Las relaciones objetales nunca se dan en el vacío, ni siquiera en el recién nacido, siempre hay objeto, sea interno o externo.
Y la transferencia emana de los mismos procesos que en las etapas tempranas determinan las relaciones objetales. Los objetos oscilan en la situación analítica: hay amor y odio, interior y exterior, transferencia positiva y negativa, agresión y culpa, incontables objetos con los que se viven estas emociones. Klein, adicionalmente, le dio un lugar preeminente al análisis de la agresión, más allá del análisis de la transferencia negativa como resistencia. Puso el énfasis en lo resistido pues la agresión lleva el análisis a estratos profundos de la mente, ya que las conexiones entre la transferencia positiva y la negativa son inseparables. Defensas que surgen en la relación objetal primigenia contra el amor y el odio. La ambivalencia proviene de la pulsión de vida y la de muerte. En el inconsciente amor y odio son equivalentes, como la transferencia negativa y positiva.
Además, el modelo kleiniano amplía las indicaciones del psicoanálisis a niños y a la esquizofrenia. La identificación proyectiva, que desarrolló a partir del trabajo de Freud de 1911 llamado “Anotaciones Psicoanalíticas sobre un Recuento Autobiográfico de un Caso de Paranoia” se vuelve un concepto de incalculable valor clínico. Pero también surgen cambios técnicos, puesto que el analista puede ser madre, padre y otras personas, al igual que superyó, ello y yo, estos son los papeles que el paciente le da al analista. Hay poca gente en la vida del recién nacido. Percibe a las personas como múltiples objetos que se presentan desde aspectos variados. Y el analista también se presenta de muchas maneras, objetos internos del paciente que se transforman a través de la proyección y la idealización conservando su naturaleza fantasiosa. En la mente del niño toda experiencia externa se relaciona con la fantasía, a la vez que cada fantasía tiene elementos del mundo exterior, y sólo al analizar la situación transferencial se descubren estas conexiones. Las fluctuaciones infantiles de objeto amoroso a peligroso explican la importancia transferencial y los cambios durante la sesión.
A veces el analista es ambos padres, con alianza hostil, envidiosa, entonces la transferencia negativa se magnifica. La figura combinada es una fantasía temprana del complejo de Edipo que cuando perdura es nociva para las relaciones objetales y el desarrollo sexual. El padre proviene de la envidia ligada a la frustración de deseos orales. El niño la vincula con que otro objeto, que eventualmente representará al padre, recibe de la madre la gratificación y el amor que codicia. Esta es la raíz de la fantasía en que los padres están combinados en eterna gratificación mutua de naturaleza oral, anal y genital. Y este es el prototipo de la envidia y los celos.
De modo que transferencia es transferir situaciones totales del pasado al presente, lo cuál incluye emociones, defensas y relaciones objetales. La transferencia no es solo referencias directas al analista, alude a oscilaciones del yo, involucra defensas frente a ansiedades revividas en el setting. El paciente negocia conflictos y ansiedades con el analista: cómo se retira del objeto, escinde, lo vuelve bueno o malo y expresa emociones y actitudes con otras personas en el acting-out.
Y cabe anotar que el acting-out tiene connotación de representar elementos arcaicos no representados. En él el paciente intenta escapar del presente hacia el pasado en lugar de asumir emociones, ansiedades y fantasías presentes en la relación con el analista. Pero en otras ocasiones las defensas son contra volver a experimentar el pasado en relación con el objeto original. Es una conducta del paciente que al interpretarse se transforma en pensamiento. En el universo kleiniano se actúa o se piensa. Por otro lado, con el desarrollo del modelo postkleiniano también aparece el término ‘acting-in’ que se refiere a la actuación dentro del consultorio, en contraposición al acting-out que sucede afuera, expresión que no hizo mucha carrera. Además, aparecieron los vocablos ‘contracting’ y ‘contractuación’, se refiere a cuando el analista se aleja de la técnica estándar avasallado por la identificación proyectiva del paciente o por su propia neurosis. De manera que en el enfoque kleiniano la actuación tiene un carácter de conflicto y neurosis, que cuando la ejecuta el analista, adquiere un caris de error técnico.
Al analizar la transferencia, que implica la revisión de las relaciones objetales tempranas que se manifiestan en la actualidad del paciente y en su actitud hacia el analista, disminuyen la ansiedad y la culpa, se sintetizan el amor y el odio, se cierra el splitting, defensa fundamental contra la angustia, la represión baja, el yo se fortalece y adquiere coherencia. Las fantasías inconscientes ya no son tan ajenas, pueden utilizarse por el yo. Esta es la comparación entre la transferencia y las primeras relaciones objetales que mide la mejoría psicoanalítica. La compulsión a la repetición proveniente de situaciones de angustia tempranas que se hace más benévola cuando cede la angustia persecutoria y aparece la depresiva, la culpa disminuye, entonces hay menor urgencia de repetir la experiencia fundamental una y otra vez. El patrón temprano ya no es tenaz.
De modo que la metáfora freudiana de que la transferencia es un campo de batalla subyace a la metáfora kleiniana de que la transferencia es un campo de investigación. Y todavía hoy es la piedra angular del psicoanálisis.
Sin embargo, desde hacía tiempo se escuchaba por ahí el rumor de la contratransferencia. Según la nota de pie de página al principio del artículo de Paula Heimann titulado “Acerca de la Contratransferencia”, publicado en el International Journal of Psychoanalysis en 1950 a partir de su intervención en el congreso de Zúrich en mayo de 1949, a donde varios analistas, en particular Leo Berman, rechazaron la noción del analista inalcanzable, desprendido, indiferente. Se trata de un escrito de cuatro páginas sin bibliografía -lo aclaro porque este documento siempre me ha conmovido por su simplicidad, después de todo, no todas las publicaciones revolucionarias son librescas, basta con que el autor sea un observador metódico e ingenioso y luego lo plasme en papel impreso-, en el texto la doctora Heimann, dotada de una capacidad de síntesis sobrenatural, se pregunta, basada en su experiencia clínica y didáctica, si en realidad la contratransferencia es el origen de las dificultades en el setting analítico, si es un síntoma neurótico del analista que debe analizarse. Este aporte abrió la puerta a una nueva línea de investigación. Y muchos se dedicaron a este asunto, como en el caso de Heindrick Raker que en 1959 publicó su conocidísimo y detalladísimo libro sobre la relación transferencia contratransferencia “Estudios sobre técnica psicoanalítica”. En esta época el uso técnico de la contratransferencia era una novedad. Estos trabajos no solo la legitimaban como instrumento técnico, intentaban delimitarla, para que no se abusara de ella. En todo caso, estos autores seguían preocupados por mantener a raya la subjetividad del analista. Mantenían la ilusión de encontrar cierta objetividad, una diferencia nítida entre analista y analizando, entre sujeto y objeto.
Y en este contexto apareció por entregas entre 1961 y 1962 en la Revista Uruguaya de Psicoanálisis “La Situación Analítica como Campo Dinámico” de Willy y Madelein Baranger. Este documento voluminoso luego se editó en 1969 y en 2008 se tradujo y se publicó en el International Journal of Psychoanalysis. Esta es la versión que tengo en mis manos.
Es inexacto considerar unilateral la situación clínica. El analista no es neutro ni abstinente. No es  un observador objetivo que registra, entiende e interpreta al paciente en regresión, sencillamente porque es humano. La observación directa y el uso técnico de la contratransferencia transformaron la concepción de la situación analítica. El analista participa en ella. El setting surge entre dos personas conectadas en un principio mediante el contrato analítico, personas que son complementarias y están involucradas en un proceso dinámico. El uno no puede explicarse sin el otro. Después de todo, el setting tiene lugar y tiempo, por su continuidad y sus interrupciones, una dinámica con fuerzas particulares, con sus propias reglas de evolución y objetivos generales y momentáneos, de modo que cualquier cambio, así sea tan solo espacial, lo afecta. Además, tiene innumerables niveles de profundidad por el splitting y la regresión. La posición del analista y del analizando es relativa, el uno define al otro por su actitud y su papel en la relación. El psicoanálisis es una relación psicoterapéutica bipersonal. Entonces el dúo analítico, que es más bien un trío en el que uno de los tres es un sujeto simbólico, físicamente ausente, está presente como experiencia. Esta es la ambigüedad esencial del campo analítico bipersonal. Se requiere la técnica analítica estándar para que el proceso germine en medio de la indefinición de la experiencia del dúo analítico. Después de todo, el dúo está inmerso en esa misma ambigüedad y aparece material corporal, hasta el punto de que León Grinberg denominó a esta situación “contraidentificación proyectiva corporal”.
Pero también se mantiene en el trasfondo la preocupación por la objetividad en la metáfora del campo analítico bipersonal. Los Baranger reflexionan acerca de cómo en medio de las innumerables alternativas para formular la interpretación el analista escoge lo que Enrique Pichón Riviere llamó “punto de urgencia”. Una elección que termina siendo subjetiva. Entonces proponen rastrear la respuesta transferencial ante la interpretación. Un consejo invaluable para la práctica clínica. La fantasía inconsciente que estructura el campo bipersonal en el momento, y que no es solo del paciente, abarca la respuesta del analista. De modo que la fantasía básica de la sesión no es solo lo que el analista descubre acerca de la fantasía inconsciente del paciente, es algo construido por el dúo analítico, aun cuando, claro, ambos tienen papeles distintos en esa fantasía.
Así que el aporte de la metáfora del campo bipersonal está en que el analista pierde la omnipotencia y la omnisapiencia. No es lo mismo la fantasía inconsciente de un sueño o de un síntoma que la fantasía inconsciente de una sesión. La fantasía inconsciente del analista y la del analizando son separadas y distintas en un principio, pero en la setting conforman una tercera fantasía compartida, un sujeto simbólico distinto, más complejo que la suma de sus componentes individuales.
La relación analítica es particular. Difiere de las demás relaciones humanas porque la integración y el insight y la interpretación la diferencian con el argumento de que el setting está concebido para reparar el splitting, superando baluartes mediante interpretaciones. En el dúo analítico hay proyecciones, introyecciones, identificaciones, mientras el analista limita la contraidentificación proyectiva, de lo contrario deja de hacer su trabajo y el análisis falla. Y esta es precisamente la razón por la cual este no es un artículo intersubjetivo propiamente. Es un precursor. En última instancia es una advertencia para que el analista no caiga en la trampa de la dinámica del campo analítico bipersonal, para que mantenga la capacidad para pensar y no haga el acuerdo inconsciente con el paciente de construir un baluarte, un área defendida inexpugnable en el campo bipersonal.
El enfoque intersubjetivo, en cambio, asume que el dúo analítico siempre tiende a alejarse de la técnica estándar, pero también es precisamente en la consciencia de ello a donde se encuentran las verdades en el setting. Los Baranger, postkleinianos, proponen disciplinar esta tendencia mientras que los intersubjetivos sugieren vivirla y transformarla en saber. El paciente es una persona, y a este artículo le falta reconocer que el analista también lo es. Aun cuando la contratransferencia ya se consideraba instrumento técnico de uso corriente en esa época, no pierde su connotación neurótica, impredecible, ambigua, vaga, subjetiva.
A pesar de que el enfoque de los Baranger es fenomenológico, en este artículo hay una contradicción. Se apoya en la concepción kleiniana clásica: la transferencia es un campo de investigación y es el campo de batalla freudiano a donde el analista es el paladín dedicado a luchar mediante la contratransferencia desentrañando los misterios del inconsciente del paciente, cuando utiliza bien la técnica estándar, también es una admonición para que el analista esté pendiente de no ceder ante la transferencia avasalladora. Advierte al analista para que no llegue a contractuar, los autores son sensibles a las limitaciones de l objetividad del diálogo analítico.
Además, la empatía es un componente central en la génesis de la interpretación. Y el campo bipersonal nace desde el primer contacto entre del dúo analítico. De la técnica estándar emerge el diálogo analítico y en gran medida afecta las respuestas del otro. Así la repetición transferencial no es literal ni estereotipada, lo que se evita, el estancamiento, lo defendido, el baluarte, son aspectos que varían según el campo bipersonal. La actitud analítica, su benevolencia neutra y abstinente, busca la acción terapéutica de la interpretación. Del campo surge la interpretación a partir de incontables configuraciones inconscientes a donde el analista es un depositario más o menos constante de partes del yo, el superyó, los objetos y los impulsos reprimidos del paciente. Debajo de la fantasía inconsciente que estructura el campo bipersonal y origina el punto de urgencia para la interpretación hay una configuración compleja del yo, el ello, el superyó con objetos internos variados y múltiples niveles topográficos con múltiples funciones.
En el analista hay una neurosis contratransferencial, según el modelo de Racker, que complementa el campo bipersonal mientras que la neurosis transferencial moviliza partes del yo, objetos y defensas según los conflictos presentes. El analista participa en esa estructura, aporta identificación proyectiva, remanentes de sus propios funcionamientos infantiles, junto con estructuras neuróticas que se expresan como contra-resistencias. Es por eso que la relación transferencia-contratransferencia tiende a conformar el baluarte, un bloque de granito inmutable que paraliza el proceso. Y el trabajo del analista consiste en participar hasta cierto punto en este proceso con cada paciente. En paralelo el proceso consiste en que el analista libere aspectos suyos ligados a la contratransferencia, paralizados en la neurosis contratransferencial. Y la interpretación es la herramienta para el doble rescate del analista y el analizando.
Este aspecto del artículo de los Baranger roza la idea bioniana de que el proceso analítico desarrolla la capacidad para pensar y tolerar sus consecuencias, además de hacer consciente lo inconsciente y de cerrar el splitting, le da al análisis otra dimensión, lo hace una terapéutica aún más potente. Y es curioso que Bion no aparece citado en este artículo, en un diálogo entre Antonino Ferro y Madelein Baranger (Ferro; Civitarese 2015, p. 3) ella reconoce la influencia bioniana durante la década de 1950.
Así que este artículo no es intersubjetivo porque parte del supuesto de que hay una diferencia ontológica entre el analista y el analizando. Es consciente de la condición humana del analista pero considera que puede domarla mediante la técnica estándar. La contratransferencia es una enfermedad, leve, pero en todo caso una enfermedad. Y el proceso interpretativo moviliza las neurosis transferencia contratransferencia, modificando aspectos del paciente. Lo dicen tímidamente, titubean: necesitan asegurarse de que hay una diferencia clara entre analista y analizando.
La elaboración de la interpretación es la consecuencia de la comunicación entre inconscientes en el campo bipersonal, para eso Freud recomienda la atención libremente flotante que hace consciente elementos inconscientes que luego el analista articula en palabras. Enfoque que también recuerda el desarrollo del pensamiento según La Tabla de Bion. El analista y el analizando, aun cuando involucrados en el campo analítico bipersonal, tienen diferentes estructuras conscientes e inconscientes. El paciente está inmerso en él mientras que el analista no tanto, aun cuando se mantiene en contacto con él. Los Baranger mantienen la línea de que el analista y el analizando son distintos, tienen papeles diferentes en el campo bipersonal, son asimétricos.
En el enfoque intersubjetivo, en cambio, todo tiende a la simetría, lo que diferencia al analista y el analizando es su posición relativa, posición que surge del empleo de la técnica estándar, pero nunca se pierde de vista que el analista es un observador participativo. La metáfora del campo bipersonal conserva la connotación beligerante del campo de batalla de Freud y la imperturbabilidad del campo de investigación kleiniano, pero también el analista es más libre, entra en una regresión parcial, no se deja invadir el yo por completo.
Adicionalmente, el efecto de la interpretación se valora de manera clásica, en la respuesta transferencial: se busca establecer si es imprecisa, mal formulada, a destiempo o simplemente errónea. Una interpretación adecuada modifica el campo analítico bipersonal: moviliza afectos y recuerdos, asociaciones y fantasías, la situación se hace más clara para el analista y el analizando. Mientras que en el enfoque intersubjetivo se rastrea el trayecto que siguen esas verdades que se nombran durante el procesos. No hay algo así como una interpretación inadecuada si tenemos en cuenta que el campo psicoanalítico tiene incontables niveles, y el analista y el analizando no intervienen ni hacen nada al azar, todo forma parte del campo.
Por último, en 1985 Betty Joseph publica su trabajo titulado “Transferencia: la situación total”. Se refiere a que si bien, tal como lo expresó Melanie Klein casi treinta años antes, la transferencia es transferir a la actualidad del setting relaciones objetales tempranas, lo cual que abarca mecanismos de defensa, fantasías y emociones, la situación total implica identificación proyectiva y la respuesta también total del analista, una respuesta psicosomática que abarca, naturalmente, la contratransferencia. Ahora sí la transferencia es una verdadera situación total.

El psicoanálisis es conocimiento en construcción con más de ciento veinte años de evolución. La metáfora freudiana original de la transferencia como campo de batalla se enriquece con la imagen kleiniana de la trasferencia como campo de investigación y luego se refina con la idea del campo analítico bipersonal de los Baranger, hasta llegar al estado actualidad con la metáfora del campo analítico intersubjetivo. Hay varias concepciones de él: el Tercero Analítico Intersubjetivo de Thomas H Ogden (1994) y de La Quimera de Maurice De M’Uzan M (2013), sólo para citar un par de ejemplos.
A partir de la identificación proyectiva e introyectiva, junto con la idea de la fantasía inconsciente de Susan Isaacs y de la contraidentificación proyectiva de León Ginberg, surge de la noción del campo analítico de los Baranger, ya lo dijimos. Pero también Bion y Winnicott trabajan en la construcción de un psicoanálisis intersubjetivo.
De hecho, Bion (1961) siempre se ocupó de la dialéctica entre narcisismo y socialismo. Utiliza la metáfora del campo emocional en los supuestos básicos del grupo. Se refiere a las pulsiones, también presentes en la relación analítica, al fin y al cabo el dúo analítico es un grupo de dos personas que funciona bajo la tutela de los supuestos básicos. De modo que hay grupos dependientes, que requieren del cuidado del líder, pero también los hay de fuga y defensa, con funcionamiento paranoide, así como existen los mesiánicos, que buscan aparearse con el héroe, mientras que en los grupos comensales se construye una alianza de trabajo que beneficia a todos, esta es la forma madura del funcionamiento grupal (Bion, 1961).
Así las cosas, el individuo es una construcción teórica, el hombre es gregario, su funcionamiento mental siempre es una relación objetal, así el objeto sea el sí mismo. Las personas tienen capacidad instintiva, espontánea, inconsciente, automática e inevitable de establecer conexiones emocionales recíprocas, de compartir y actuar el supuesto básico, algo semejante al tropismo de las plantas.
Y Winnicott (1951) lo expresaba tanto con su concepción de los objetos y fenómenos compartidos, transicionales, una construcción simbólica de la madre y el bebé, como con sus célebres gerundios: coming-into-being, a going concern, holding, handling, object-presenting, indwelling. De hecho, Ogden subraya en 1992 que Winnicott capta la paradoja de la simultaneidad del at-one-ment y del separatedness, afín a la idea bioniana de la dialéctica del contenido continente. Pero fue Winnicott el primero en señalar que en la relación madre bebé la condición metal de la madre tiene el mismo peso que la del bebé, en su expresión: there is no such thing as an infant [appart from the maternal provision].
Para terminar con esta breve historia de la metáfora del campo psicoanalítico tomaremos la ruta del campo analítico post-bioniano en versión de los italianos Antonino Ferro y Guissepe Civitarese según la explican en su libro “El Campo Analítico y sus Transformaciones” que aparece en 2015.Una metáfora plausible del psicoanálisis, cada vez más aceptada y diseminada por el mundo, que acoge el espíritu riguroso y radical del ilustre inglés.
Bion hace una deconstrucción del psicoanálisis clásico, no busca destruirlo, más bien desarrolla su potencial y explora ideas que quedaron al margen. En especial se interesa porque el analista tenga una actitud mental abierta a lo nuevo evitando la visión dogmática, como religiosa, de las cosas. La técnica analítica estándar sirve para que el proceso se dé, es el marco de referencia para hacer consciente el enactment, pero otra cosa muy distinta es la idolatría del setting, considerarlo un estado de gracia (Ferro; Civitarese, 2015, p. 108)De modo que la metáfora del campo analítico intersubjetivo post-bioniano por una parte es un instrumento para la técnica del trabajo clínico y por otra es un modelo conceptual apto para construir teorías. Transforma el modelo relacional kleiniano en enfoque intersubjetivo. Sitúa la metáfora y el mito como actividades mentales cercanas al sueño, la esencia del psicoanálisis.
La actitud analítica es una búsqueda que se resiste a lo preconcebido, se reúsa a inmovilizar los hechos clínicos en un marco histórico intra-psíquico. Sucede en la historicidad del presente. Se dedica a la manera en que la relación analítica se desenvuelve en tiempo real en la tensión dialéctica entre identidad y diferencia, proximidad y distancia, es el proceso inconsciente y el de llegar a ser. Cambia el énfasis del contenido a la función, del qué al cómo, detalla la formación de significados, más que los significados propiamente. Mira a profundidad los determinantes del campo que se estructura en cada encuentro entre los cuerpos y las mentes del dúo analítico. Se interesa por los de significados presentes.
Este es el modelo intersubjetivo. El análisis se da en el dúo analítico, entre los dos sujetos, mientras el analista se mira a sí mismo con el paciente. Actitud que exige reflexión continua sobre sí mismo. El campo siempre ha estado ahí, antecede a la relación, entre el uno y el otro se insinúa desde el principio el tercer sujeto. Así las cosas, sujeto y objeto no son antípodas, son componentes del campo. Se acepta como un supuesto que no puede tratarse como objeto aislado y no es tema de análisis directo, sólo pueden inferirse sus derivados indirectos.
De modo que el campo post-bioniano conlleva una actitud que no da nada por sentado, todo tiene importancia. Sólo es posible comprender al otro a través de la comprensión de sí mismo: lo que se busca es aprehender la confección de significados en la experiencia consciente e inconsciente compartida en el setting. Hay cierta circularidad en la actividad interpretativa del analista: consiste en regresar cada vez a cuestionar las conjeturas inconscientes de su propia comprensión.
De modo que el psicoanálisis es más una exploración que una búsqueda con una meta. Nunca se llega a la verdad analítica, no puede fijarse ni es una posesión, yace en la experiencia, o mejor, es la experiencia. La respuesta está en la pregunta: preguntar nutre y hace crecer la mente mediante la trama de significado que se construye, o de las realidades soñadas. Entonces el consultorio es un taller lleno de insumos creativos, tantos como puedan tolerarse.
Resulta que antes de vincularse con el mundo exterior es útil, clínicamente, aprehender el mundo interior de manera rigurosa y amplia, transformando el exterior en una ensoñación del campo analítico intersubjetivo. De por sí, es engañosa la suposición de que hay una dialéctica entre el mundo exterior y el interior, pues el inconsciente es sugestionable y siempre se manifiesta en el enactment y el waking dream thought –expresión bioniana que podría traducirse como ‘pensamiento onírico de vigilia’ que señala que no solo se sueña al dormir-, esta propiedad le da significado a la experiencia. Entonces la clínica funciona según el principio de sostenibilidad emocional del paciente.
En el trabajo analítico la idea del campo intersubjetivo está vinculada al paradigma del sueño de la sesión, lo cual aporta rigor puesto que implica la relación entre identificación proyectiva y el pensamiento onírico de vigilia. No hay un solo aspecto del campo, sea un evento, un recuerdo, un sueño, un enactment, un reverie, una asociación, una emoción, una sensación, una interpretación que no esté vinculado a él por la intersección de las identificaciones proyectivas y la capacidad de simbolizar y construir significados del dúo analítico. Esta es la capacidad del dúo, afuera de la rigidez del marco que impone la dicotomía sujeto objeto, de narrar, soñar, pensar y construir metáforas, mitos, acerca de la experiencia compartida en el settingCada personaje del diálogo analítico, incluyendo al analista y al analizando junto con sus mundos internos, representan lugares específicos en el campo analítico, al igual que la escenografía, la formas y transformaciones de esos personajes, junto con la mente del analista, la contratransferencia, la construcción de imágenes, o sea el pensamiento onírico de vigilia y sus derivados. Los mundos internos del dúo analítico, sus historias, sus relaciones y todas sus vicisitudes, están allí presentes.
Y el arte del psicoanálisis está en captar el punto de vista del paciente, empleando las restricciones impuestas en el campo analítico intersubjetivo por la perspectiva que asume el analista al ocupar su posición relativa (Ferro; Civitarese, 2015, pgs. 7). El setting analítico debería asegura el funcionamiento exitoso del analista como contenedor de las ansiedades del paciente. Aporta maternaje, mientras que el analista reconoce el sufrimiento, tiene experiencia, buen juicio, conocimiento y la técnica estándar. Examina el Nachträglich en su propia participación inconsciente en la secuencia de enactments que conforman el proceso analítico, si consideramos que la palabra también es acción. Y tenga en cuenta que en el universo intersubjetivo el enactment es el término que se emplea para describir la situación en que el analista se aleja de la técnica estándar de manera espontánea, y puede pensar acerca de lo que lo impulsa a este estado de cosas, transformando esta experiencia en conocimiento e interpretaciones. Después de todo, es cándido suponer que el inconsciente del analista está confinado a su subjetividad sin influir en su comportamiento. El inconsciente no es transparente, incluso para el analista, de por sí cada pensamiento es un malentendido, hay represión de por medio, tiene un patrón y quizá sea suficiente al permitirse perderlo y luego recuperarlo en el setting, de manera que le pueda contener la ansiedad del paciente o, mejor, la del campo analítico intersubjetivo (Ferro; Civitarese, 2015, p. 91).
La simetría del diálogo analítico se rompe cuando, en virtud de la autoridad del analista, decide interpretar. No son verdades infalibles, se conciben como parte de una sucesión de enactments (Ferro; Civitarese, 2015, p. 93). La confrontación, en general, se relaciona con aspectos evidentes para ambos, tales como disfunciones del yo, resistencias y ataques al setting. Que, si se aprovechan psicoanalíticamente, promueven la integración, el control de impulsos, lleva a superar impases, a manejar síntomas y mantiene la alianza terapéutica. Además la interpretación abre la posibilidad de que el paciente asuma aspectos inconscientes profundos  (Ferro; Civitarese, 2015, p. 98).
No hay remedio para la posibilidad de que la teoría del campo analítico intersubjetivo pueda utilizarse, inconscientemente, como enactment para evitar el dolor cuando se está en peligro del delirio. Pero, una teoría crítica, escéptica, que duda sistemáticamente, y está desprovista de autoridad, está mejor equipada para corregirse (Ferro; Civitarese, 2015, p. 110).
En otro orden de ideas, el sudafricano Duncan Cartwright (2016) aporta un trabajo de sincretismo entre las ideas bionianas y las de Matte Blanco.El encuentro de las dos mentes en el setting requiere la negociación constante de las tensiones entre tener una mente propia y hacer contacto emocional con el otro. El dúo analítico es un campo intersubjetivo único con transformaciones que llevan a pensar y sentir lo nuevo que hay allí. Pero también hay múltiples abordajes y transformaciones posibles según la posición y la inmersión del analista. Hay innumerables desenlaces posibles. Puede florecer y dar lugar a un tercer objeto simbólico. Pero también puede fallar, construyendo un vínculo parasitario. En fin, hay incontables posibilidades, pues son relaciones complejas y cambiantes.
La dinámica del campo analítico intersubjetivo, en síntesis, es la dialéctica de la trasferencia contratrasferencia mediada por la identificación proyectiva en relación con el reverie, mientras que el analista propende por promover, mayoritariamente, la construcción del conocimiento. Pero los símbolos que surgen son móviles, así que los intentos de descifrarlos de arriba abajo, de lo asimétrico a lo simétrico, suelen resultar en interpretaciones chatas, así sean correctas y oportunas.
El análisis sucede en una relación en que los miembros del dúo analítico se definen el uno al otro. La experiencia es un sistema dinámico no lineal. La oscilación entre lo esquizoparanoide y lo depresivo emerge con diferentes niveles de complejidad articulando la experiencia emocional, lo incognoscible, la cosa en sí. De modo que el campo analítico intersubjetivo tiene al menos tres niveles, no simbólico, pre-simbólico y simbólico, estructura que resulta de la interacción del dúo analítico en su proceso activo y creativo.
La experiencia sensorial, el pensamiento, la fantasía y otros eventos reverberan en el campo intersubjetivo multidimensional, con diferentes niveles de representación y función. Mientras que en algunas áreas del campo es indispensable diferenciar lo interno de lo externo, en otras no. Está habitado por presencias, personajes, signos, animaciones, objetos inanimados, baluartes, barreras, sentimientos y demás. Varias influencias, internas, externas y en distintos niveles de la experiencia, generan nuevas emociones. Se organizan con patrones por influencias recíprocas del dúo analítico, donde cualquier elemento del campo puede ser metonímico puesto que contiene la totalidad, después de todo opera con la lógica del inconsciente. El campo está abierto a aportes continuos, es sensible al contexto. Así que el campo analítico intersubjetivo, como cualquier otro campo de la experiencia, es ambiguo, ya lo dijimos. Entre las configuraciones hay oscilaciones de lo esquizoparanoide y lo depresivo en infinitos ciclos recíprocos, intercambiables y progresivos, mientras que la visión binocular y la reversión de la perspectiva revelan múltiples perspectivas aguardando al surgimiento del hecho seleccionado.
La vida mental gira alrededor de un principio de similitud que genera estabilidad. La mente es un sistema complejo que se organiza a sí misma, más que ser el resultado de contenidos mentales. La invariante fundamental es transformar la realidad última, incognoscible, el infinito amorfo, en verdad personal. De modo que siempre hay una dialéctica entre acercarse a la verdad y reprimirla. Tensiones continuas entre lo semejante y lo distinto, lo simétrico y lo asimétrico, la simbiosis y lo individual, la integración y la desintegración, lo incognoscible y lo conocido, la diferenciación y la unión, tendencias que apuntan hacia acomodar, digerir o evadir la experiencia emocional. Las innumerables maneras de vinculares se representan a distintos niveles de complejidad psíquica. Se negocian en la tensión dinámica de los avatares del campo analítico intersubjetivo.
El nivel de lo no simbólico es el proceso pre-reflexivo de estímulos sensoriales, percepciones, afectos y movimientos. Aspectos que construyen conexiones elementales entre subjetividades, generan nexos involuntarios, un poco como el tropismo de las plantas, es “la química” como dicen en la calle. Un sistema protomental que funciona de manera habitual, automática, sin límites entre lo interno y lo externo, de modo que el grupo está en el individuo y el individuo en el grupo. Se trata de unidades hipotéticas de la experiencia incognoscible. Impresiones sensoriales que pueden influir en las capacidades mentales, pero también son adecuadas para expulsarlas, evacuarlas y proyectarlas a través del enactment, la alucinación y el síntoma psicosomático. Y también son el primordio de la experiencia. Se presentan en lo concreto de la relación con el otro, antes de la representación mental, son inconscientes, se trata de sombras afectivas que surgen de la interacción. Elementos que no siempre son formas abortivas que nunca llegan a ser, también pueden simbolizarse, tienen un aspecto constructivo en el proceso continuo de organizar lo semejante y lo diferente en el campo de la experiencia.
Estos procesos sensoriales no simbólicos buscan objetos basados en percepciones. La intersubjetividad primaria se da por un proceso de identificación imitativa, son el trasfondo sensorial no pensado del sujeto que da significado, da forma a su realidad interna y construye las cualidades de sus relaciones objetales internas. La conducta es una forma primaria de aprehender y saber del objeto. Las impresiones sensoriales se organizan alrededor de lo semejante y lo diferente, la ausencia y la presencia, formando patrones que eventualmente dan lugar a la mente. La falta de negación y discriminación en este nivel hace que lo igual y lo distinto no se experimenten como entidades separadas, se viven como fluctuaciones indivisas en las intensidades emocionales. Además, no tiene sentido la identificación proyectiva a este nivel porque no hay interior ni exterior, tampoco diferencias ni asociaciones. Predomina la simetría, por eso es inaprehensible por el pensamiento, una idea afín al maternaje del ambiente de Winnicott.
En el segundo nivel, el pre-verbal, la configuración cambia. Aparece la introyección y la proyección relacionando las subjetividades en el campo intersubjetivo. Se discrimina lo interno de lo externo. Ahora la identificación proyectiva ubica el dolor en el campo, atribuye los estados mentales propios al otro. Tiene en cuenta que es distinto, es indispensable que sea otro, una manera particular de lidiar con lo igual y lo diferente.
Ahora el reverie, la capacidad de contener la identificación proyectiva, se vuelve crucial. Se trata del proceso de trasformación intersubjetivo que recibe la proyección haciendo pensable el contenido, pues adquiere significado en la coherencia de la narrativa. El punto de partida para transformar la identificación proyectiva en ideas y otras formas tolerables del pensamiento es que el analista esté inmerso en el campo de la proyección para poder utilizar su reverie para detectar y contener las ocurrencias emocionales de la interacción. Es una función que limita. La función contenedora es una capacidad del analista que surge de su habilidad de balancear la tensión entre la inmersión en el campo y mantener la individualidad, lo diferente, la experiencia que antecede al relato del dúo analítico. De modo que el analista conserva cierta capacidad de pensar, independientemente, afuera de la esfera las proyecciones del analizando.
Y, por último, el símbolo contiene. El proceso de simbolización representa momentos de la experiencia en el campo analítico intersubjetivo. Se refiere a contenidos que combinan imágenes y significados. Entonces la metáfora o el mito se vuelven parte de la capacidad de pensar. El símbolo es el desarrollo de nuevas maneras de contener, momentos de integración que requieren tolerancia de las diferencias entre el símbolo y la naturaleza inefable de la experiencia, lo cual implica un duelo por la pérdida del objeto y la verdad incognoscible. Los símbolos no son premeditados. Surgen en la interacción, en tiempo real, de manera impredecible con configuraciones privadas que vinculan al dúo analítico.
Por otro lado, el hecho seleccionado es el interés del dúo analítico. El símbolo acerca a la verdad, es a donde conocemos las ficciones acerca de ella como presencia pensable en el campo analítico intersubjetivo. Brota de la interacción del dúo analítico, de la capacidad de generar un tercer objeto simbólico, ensanchando la capacidad para pensar. El símbolo se vuelve continente, renuncia al control del objeto y tolera la diferencia y la separación. Entonces el dúo analítico está contenido en la evolución del campo analítico intersubjetivo. Y en estos movimientos el símbolo contiene ansiedades depresivas. Pero también pueden aparecer elementos orales, anales y fálicos, que se interpretan y se transforman en el diálogo analítico, entonces crece el contenedor. El campo analítico intersubjetivo emancipa al dúo analítico.

Por último, debo aceptar que seguramente quedaron por fuera de esta breve historia que aquí termina muchos usos de la metáfora centenaria del campo psicoanalítico. El conocimiento que inició Freud de nuestra disciplina es variado y pujante, cuenta con más de un siglo de construcción. Me parece que es eficaz utilizar el modelo heurístico del campo para pensar acerca de la situación clínica porque ofrece un continente, una imagen vívida de la experiencia clínica con varias ventajas pedagógicas: alude a una estructura simbólica, móvil, delimitada, cambiante, ambigua, particular. Después de todo el objeto de estudio del psicoanálisis es la subjetividad a través del devenir del dúo analítico, y tal como sucede en cualquier otra disciplina, cuando intentamos describir la mecánica de la realidad encontramos que la experiencia es imponderable, no puede aprehenderse en palabras, tan solo es posible construir metáforas para narrarla. Y en estas páginas he rastreado el trayecto que seguí en la construcción de mi propia metáfora del campo psicoanalítico, tal como la entiendo hoy, yo no sé mañana.

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Raker H (1959). Estudios sobre técnica psicoanalítica [Studies on the technique of psychoanalysis]. Buenos Aires: Editorial Paidos. 1981.
Winnicott DW (1951). Transitional objects and transitional phenomena. En: Playing and reality. London: Routledge, 1971, p. 1-25.




[1] Versión presentada el 3 de octubre de 2018 en el curso “A cien años de la publicación de las “Lecciones Introductorias” (1917-2017).
[2] Miembro titular, Sociedad Colombiana de Psicoanálisis

jueves, 9 de agosto de 2018



Queridos lectores,

Nos complace informarles que próximamente llegará nuestra Revista de la Sociedad Colombiana de Psicoanálisis Vol. 43 N. 1 Junio de 2018.

Estará a la venta en la sede de la Sociedad Colombiana de Psicoanálisis!!